La historia de Emily

La historia de Emily

Tenía yo 19 años y me encontraba en segundo año de la universidad cuando conocí en una de mis clases al hombre de mis sueños. Era alto, rubio, de ojos azules y americano típico, con un comportamiento refinado y una habilidad para usar las palabras precisas cuando hablaba.  Me trataba como una princesa.  Me daba regalos, me sorprendía visitándome en mi dormitorio y en mis clases, me llamaba con frecuencia para ver dónde estaba y cómo me iba. Me dijo que me amaba cuando aún estábamos en el primer mes de nuestra relación y siempre quería estar cerca de mí. Cuando cumplimos nuestro primer aniversario me sorprendió con una cena de velas en una casa que daba a un lago. Yo estaba viviendo el cuento de hadas que a cada niña le enseñan a soñar.

Pero entonces, dos semanas después de nuestro primer aniversario, me lo encontré en la cama con una ex novia.  Inmediatamente terminé con él.  Sólo entonces fue que yo pude empezar a ver su verdadera naturaleza controladora.

Me lo empecé a encontrar dondequiera que iba.  Se aparecía en mis clases y se sentaba dos hileras detrás de mí. A veces podía verlo con el rabillo del ojo caminando detrás de mí por la universidad. Pronto empezó a llamar descontroladamente mi celular y me dejaba hasta veinte mensajes al día rogándome que volviera a considerar nuestra relación. Cuando empecé a andar con otros chicos, él me seguía y me dejaba notas amenazantes bajo los limpia parabrisas de mi carro. Mis profesores me comenzaron a decir como confiándome un secreto que “mi novio” les había dicho de mi “problema con las drogas”.

Una noche al regresar a mi apartamento después de asistir a una reunión en la universidad me lo encontré sentado en la escalerilla de la entrada.   Estaba borracho y enojado.  Su ira incrementaba y me empezó a empujar de un lado a otro y a agarrarme por el cuello golpeándome contra la puerta de entrada. Rompió unas botellas vacías de cerveza contra la pared esquinera del edificio y usó los pedazos rotos de cristal para apuntarlos contra mi cara. Había sin más perdido su cordura.  Una hora más tarde logré escaparme a casa de una amiga, con una costilla rota, una muñeca dislocada, un ojo amoratado y llena de moretones desde los pies a la cabeza.

Después de haber sufrido aquel primer ataque tomé clases de defensa personal a través de una amistad que era cinta negra en karate. Me empecé a quedar con unos amigos para así no tener que regresar sola al apartamento. Sentía como si todo el mundo me estuviese mirando aunque me había tapado con maquillaje los moratones muy cuidadosamente. Me tomó días hacerme del valor necesario para salir de nuevo del apartamento y poder ir a clase. Estaba aterrorizada y me sentía más sola que nunca. Aunque siempre he tenido una relación muy buena con mis padres, me rehusé a decirles. Sentía que si se los decía los iba a herir, que los preocuparía, (o aún peor) que se decepcionarían de ver como yo había lidiado con la situación. Aunque mis amistades trataron de apoyarme, incluso a ellos se les hizo difícil poder creer lo que me estaba sucediendo.

Una semana más tarde se me volvió a enfrentar. Esta vez estaba sobrio y sucedió a plena luz del día, en un sitio céntrico de la universidad. Volvió a inmovilizarme contra la pared, para esta vez amenazarme con un cuchillo de bolsillo que apuntó hacia mi yugular. Los estudiantes nos pasaban por el lado y quedaban mirando pero a nadie se le ocurrió interferir. Batallé con él como un cuarto de hora hasta que finalmente, de algún modo, me las arreglé para patearlo en la rodilla y se la fracturé. Mientras se retorcía en el suelo llamé a la policía con mi teléfono celular.  Una semana más tarde él rompió las condiciones de la fianza y se fue del país. Jamás lo volví a ver.

La experiencia sin dudas me cambió, a veces para mal, aunque (al menos eso espero) mayoritariamente para el bien. Tuve que batallar contra el miedo, la ira, la depresión, contra el insomnio y hasta las nauseas. Tuve que reparar la ruptura que le causé a la confianza que me tenían mis padres, quienes no se enteraron de lo ocurrido hasta después que había pasado. He tenido que batallar para romper mis muros defensivos y permitirme estar menos a la defensa cuando tengo una relación romántica y ser menos cautelosa con amistades. No ha sido fácil.

Pero, para serte completamente honesta, no cambiaría ni un instante de mi experiencia por nada en este mundo. Me sacudió hasta el corazón. Suscitó en mi pasión por la justicia y por la paz, y me llevó por un camino que nunca hubiera imaginado.  Me trajo aquí, a la Línea Telefónica de Ayuda contra la Violencia Doméstica. Siempre recordaré con el más profundo agradecimiento, el rol que ha jugado la experiencia que tuve pues como me ha permitido extender mi mano para ayudar a otras sobrevivientes.

El abuso en el noviazgo en una realidad que viven muchísimos adolescentes en este país; una realidad espantosa y apabullante que permanece escondida en gran medida e ignorada. Ojalá yo hubiera sabido en aquel entonces lo que ahora sé. Gracias al trabajo de la Línea Telefónica de Ayuda contra la Violencia Doméstica y de Loveisrespect (la Línea Nacional de Ayuda Contra el Abuso en el Noviazgo entre Adolescentes), no estoy sola. No soy la única que haya pasado por lo que yo experimenté y tampoco soy la única que decidió convertir esa experiencia en cambios positivos para otras personas que pueden encontrarse en situaciones como la mía. Es para mi un gran honor formar parte de una generación tan increíble de jóvenes que van a hacer que empecemos a hablar del tema del abuso en el noviazgo y que van a cambiar la realidad vivida por jóvenes de toda la nación.

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